De escritura, fotografía, cocina y otras cosas
Éste es mi cuarto de juegos. Siéntanse libres de tomar lo que gusten; si quieren dejar algo, también sirve.
domingo, 16 de junio de 2013
De compras en el hipermercado
Llegó al hipermercado recién abierto, que ofrecía la mejor mercancía que se hubiera visto jamás en la ciudad. Tomó uno de los carritos, reluciente, de acero inoxidable y ruedas que giraban sin la menor dificultad y en silencio absoluto, y comenzó a transitar por los impolutos pasillos que exhibían una variedad impresionante de mercancía, dispuesta de manera sugerente y provocativa. Hizo la primera parada en la sección de vegetales, en donde agarró una bandeja de trufas, una de hongos portobello y un kg. de endibias. Siguió hacia el departamento de pescadería, en donde seleccionó un par de langostas y un kilo de angulas. Después, en las carnes, tomó un solomillo de cerdo y un costillar de cordero. Posteriormente, en la sección de charcutería y "delikatessen", tomó dos frascos de caviar de beluga, una lata de 500 grs. de paté de hígado de ganso, francés, y una selección de quesos suizos e italianos. Hizo una escala en los anaqueles de los condimentos, en donde una botella de aceite de oliva virgen y una de vinagre balsámico de Módena fueron a parar al carrito. Siguió hacia las frutas, y seleccionó fresas gigantes, cerezas y kiwis. Por último fue al bodegón de licores, en donde agarró 4 botellas de Dom Periñon, 4 botellas de Beajulais noveau, dos de coñac Napoleon, y una de Oporto. Ya estaba casi listo; en su camino hacia las cajas, tomó un paquete de caraotas negras y uno de espaguetis. Hizo su cola, pacientemente. Cuando le llegó el turno, colocó toda la mercancía, exceptuando las caraotas y la pasta, sobre la cinta transportadora. El cajero procedió a facturar la mercancía. Al terminar, el cajero le comunicó el monto, y le respondió: "Gracias, tenía la curiosidad de saber cuanto costaría la cena de mis sueños. Ahora, por favor, cóbreme las caraotas y los espaguetis".
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sábado, 15 de junio de 2013
Mi vida, a través de los perros (LIV)
Después de unos tres meses de haber puesto la casa en venta apareció un comprador, que se enamoró tanto de la propiedad como de la vista. Tras los habituales regateos acordamos una cifra que nos convino a los dos, y de pronto me di cuenta de que ya era un hecho: había logrado un plazo de un mes para irnos de la casa, que tanto había significado para mí; la mudanza era inminente. Con el adelanto que me entregara el señor como arras, salimos a hacer lo mismo, es decir, a cerrar el trato con los dueños de una casita en venta en una urbanización de los suburbios. Comparándola con la que estábamos dejando, era minúscula, modesta. Pero no por ello dejaba de ser una buena oportunidad: el precio era sumamente conveniente, y la casa en sí poseía las características que estábamos buscando: tres habitaciones, cuatro baños, un espacio que se podía acondicionar como estudio, una buena cocina y agradables áreas sociales. Un jardincito con un columpio fue lo que más entusiasmó a Aurora, que no se bajaba de él cuando hacíamos las visitas al lugar. Lo malo era la lejanía con respecto a nuestra tienda y al colegio de la niña, pero no nos quedaba otra opción sino adaptarnos a la situación.
Otra cosa que hicimos fue cambiar de carro. Ya el Mercury de mi padre estaba llegando a su obsolecencia, y no iba a aguantar el trote diario. Nos decidimos por una camioneta 4x4, una Range Rover verde botella que conseguimos de ocasión, seminueva, de unos clientes de la tienda que habían decidido emigrar. Dado el acceso algo escarpado a nuestra nueva casa nos iba a ser de utilidad. No pude desprenderme del Bel Air, no obstante. Lo había vuelto a poner operativo, y algunos fines de semana paseábamos en él, y le contaba a Aurora las aventuras que había vivido en ese inmenso carro, mientras ella escuchaba embelesada y se hacía repetir una y otra vez los detalles, con Byron a su lado como si fuera su guardian.
La niña ya andaba por sus cinco años, y le encantaba conversar y preguntar cosas. Todo le llamaba la atención, y era bastante arrojada. Tal vez por su convivencia con Byron y los demás perros había adquirido cierta dureza en lo que respecta al trato con la naturaleza, y no le hacía ascos a nada. Vivía embarrada, llena de polvo de la cabeza a los pies, para gran disgusto de Helga quien quería verla como una princesita todo el tiempo. Pero no había nada que hacer: a los cinco minutos de llegar a cualquier sitio se las ingeniaba para acabar con cualquier vestido. Sin embargo, y no lo digo porque fuera hija mía, era una niña muy linda, que llamaba la atención por su larga cabellera y sobre todo por sus ojos, oscuros, de mirada inquisitiva y penetrante. Aunque el cabello se le había oscurecido un poco, en el colegio le decían "la catira", cosa que no le hacía la más mínima gracia: tal vez eso la hacía sentir diferente. Entonces se rebelaba a ese mote con su comportamiento desafiante a las normas. Más de una vez tuvimos que ir a hablar con las directoras del colegio, con mucha pena, a soportar el chaparrón por las proezas de Aurora. Sin embargo, como marchaba bastante bien en los estudios, lográbamos que no la expulsaran, con las consabidas promesas de hacerla recapacitar.
Por fin llegó el día triste. La última noche en nuestra casa fue muy nostálgica; no quisimos hacer mucho drama para no impresionar a Aurora, pero fue inevitable que alguna lágrima corriera fugaz por las mejillas. Después de todo esa casa había sido el asiento de toda la relación entre Helga y yo, y los recuerdos danzaban por los pasillos. Tuvimos una pequeña cena, tras embalar las últimas cosas, y nos fuimos a dormir para acopiar las fuerzas necesarias para la mudanza. Muy temprano en la mañana llegó el gran camión, y tras un largo barullo, los empleados de la empresa de mudanzas lo habían cargado con todas nuestras pertenencias, salvo las más delicadas que llevaríamos nosotros en la Range y el Bel Air. Una vez vacío de todas las pertenencias dimos un último recorrido por el lugar. Tenía aspecto de haber sido saqueado, violado. Su desnudez causaba pena; se veían los pequeños deterioros (alguna pared agrietada, el piso maltratado en ciertos tramos) que antes se disimulaban por los muebles y las alfombras. Ya le tocaría al nuevo dueño efectuar las reparaciones. Nosotros deberíamos hacer lo propio con nuestra nueva casa.
Es raro ver los muebles que antes ocupaban un determinado sitio en un espacio diferente: es una suerte de juego de espejos deformantes. Por alguna razón los ubicamos de manera parecida a como estaban antes, y resultó ser una especie de caricatura de la disposición anterior. Entonces el espíritu creativo de Helga se rebeló, y tras varios ensayos - que me causaron una pequeña lesión en la espalda, de tanto cargar mesas, sillas y poltronas - logró lo que buscaba. Y tuve que estar de acuerdo con ella: el lugar había ganado calidez y confort. Cenamos cualquier cosa, y nos fuimos a dormir agotados. Todavía quedaban cajas y cajas por desembalar, y nos esperaban otras duras jornadas para establecernos de la manera debida en nuestro nuevo hogar.
Esa noche, a pesar del cansancio, no me fue fácil conciliar el sueño. No sabía si había hecho lo correcto. Tal vez hubiera sido mejor vender todo y tienda y con el dinero recolectado irnos del país, tal y como me lo había sugerido Helga aquella vez en su taller. Pensaba que había sido un momento de debilidad, pero ahora me embargaban las dudas. Nunca quise ser un emigrante, porque era hijo de ellos y tenía idea del desarraigo que representa no tener patria. Sobre todo, me daba terror comenzar de nuevo en un lugar desconocido. Pero las cosas en el país no se perfilaban nada bien. No quise preocupar a mi esposa y me quedé quieto en la cama, sin pronunciar palabra, hasta que por fin me quedé dormido.
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miércoles, 12 de junio de 2013
El viejo y el ron (o el mojito y Ernesto)
Mojito
cubano.
Ingredientes y utensilios necesarios:
1 ramita con hojas de Hierbabuena (5 a 7 hojas)
1 copita de jugo de limón
Azúcar blanca al gusto
Hielo picado
1/2 taza de Ron blanco
1/2 taza de agua carbonatada (soda o agua mineral con gas)
Mortero, Cuchara, mezclador y 1 vaso alto.
Ingredientes y utensilios necesarios:
1 ramita con hojas de Hierbabuena (5 a 7 hojas)
1 copita de jugo de limón
Azúcar blanca al gusto
Hielo picado
1/2 taza de Ron blanco
1/2 taza de agua carbonatada (soda o agua mineral con gas)
Mortero, Cuchara, mezclador y 1 vaso alto.
“Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899 – Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense, y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX. Ganó el Premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar y al año siguiente el Premio Nobel de Literatura por su obra completa.” (Tomado de Wikipedia).
Preparación:
Triturar en un mortero las hojas de hierbabuena, el azúcar y el jugo de limón, hasta sacar todos los jugos y mezclarlos bien.
El primer contacto deja una marca indeleble, que va a privar sobre todas las percepciones posteriores. Y si pasa en la infancia, la impresión es tal vez más profunda. Por lo menos eso suele sucederme: ciertos objetos, personajes, lugares, se me quedaron registrados en la memoria de determinada manera y a partir de ese momento pasaron a ser así para mí, aunque la realidad sea otra. Por ejemplo, Hemingway. Lo asocio siempre con la primera imagen que le vi: un señor barbudo, canoso, de mirada amable y escrutadora. Es el hombre mayor de la foto que acompañaba el primer artículo que leí sobre él, cuando tenía unos 10 u 11 años. Del artículo no recuerdo mucho; sin embargo la imagen fue tan poderosa que se me instaló en el cerebro de manera permanente.
Un viejo:
así es en mi percepción. Sin embargo, no llegó a cumplir los 62 años, una edad
que dista mucho de la ancianidad. Se puede decir que murió prematuramente,
incluso para los estándares de la época. Pero a despecho de su duración, la
cantidad de experiencias que acumuló a lo largo de su vida fue tal que hubiera
podido servir para llenar 80 o 90 años: desde conductor de ambulancias en la
Primera Guerra Mundial, pasando por su estadía en Francia donde formó parte de
la infame generación perdida, corresponsal en la guerra civil española, cazador
en África, autonombrado capitán de tropas en la Segunda Guerra Mundial,
pescador en Cuba. Estuvo al borde de la muerte en por lo menos par de oportunidades. Amante de los deportes
extremos, boxeador aficionado, jugador compulsivo. Y bebedor. Gran bebedor.
Protagonista de borracheras memorables, en donde se perdieron amistades y otras
se volvieron mucho más sólidas. Cabe preguntarse si fue tan buen escritor
gracias a la bebida o a pesar de ella.
Luego, se pone la mezcla en un vaso alto, se añade el ron y se remueve muy bien todo, agregando al final los cubos de hielo, preferiblemente en estilo frappé (picado).
Hemingway echó raíces en Cuba durante los últimos quince años de su vida. Tal vez quiso vivir de cerca la gesta que los barbudos de Sierra Maestra libraban contra Batista, aunque hay voces maliciosas que insinúan que su única motivación era pescar agujas en el Mar Caribe, con la comodidad que le brindaba el trópico. Lo cierto es que se encontraba a gusto en la isla, y asimiló sin problema alguno sus costumbres y sabores. Entre ellos, el ron. Dada su inveterada afición a todo lo que tuviera que ver con las bebidas alcohólicas, era inevitable que se volviera asiduo al destilado de la caña, producto que alcanzó en Cuba su máxima calidad. ¿Y cuál mejor manera de tomarlo que en esa combinación refrescante de azúcar, limón, menta y soda? Quiero creer que lo de Ernest y el mojito fue amor a primera vista. Y de por vida. Acodado en la barra de la Bodeguita del Medio, solo o acompañado, a media luz, escribiendo el borrador de El viejo y el mar, el vaso nunca lleno, el vaso nunca vacío. La hojita de menta masticada al descuido, el calor del ron recorriendo su interior, la chispa de la genialidad en cada línea que ensucia de tinta el papel rayado. Ya va, ya va. Ernest escribía en los locales públicos cuando vivía en París y era pobre, tan pobre como para no poder pagar un apartamento con calefacción, y en invierno para no congelarse iba a bares en donde lo dejaban estar si pedía una copa eventual y se instalaba a escribir en una mesita del fondo, en donde no molestara mucho. Ya para cuando vivía en Cuba era bastante rico, tanto como para tener una mansión con piscina, y había adquirido el hábito de escribir en las mañanas, en una máquina Remington, tal vez empantuflado, seguro en pijamas. E iba a la Bodeguita tan solo para impregnarse del color local necesario para su relato, o más seguramente para ligar con alguna mulata risueña y licenciosa, cuando su esposa no estaba cerca. Porque para él nunca fue problema conseguir compañía femenina: tenía ángel y cuentos de sobra para ello.
Por último, se agrega el agua mineral con gas o agua carbonatada.
Hemingway fue más personaje que escritor. O mejor dicho, permítanme refrasear: Hemingway fue el mejor personaje de Hemingway. Cada novela suya tiene algún rasgo autobiográfico, así sea de soslayo. Tal vez vivió su vida como se la imaginó para sus obras. Trató de habitar siempre en parajes exóticos, ajenos a su natal Illinois; se involucró en situaciones riesgosas durante toda su existencia; trató de absorber para sí toda la riqueza de los hechos que presenció o protagonizó a lo largo de su vida. Y cuando determinó que ya había experimentado todo lo que podía, o necesitaba, se descargó un tiro en la cabeza. Así de sencillo. A lo mejor hubiera preferido que ese proyectil proviniera del arma de algún enemigo de la causa que estuviera defendiendo en ese momento, pero estaba ya demasiado cansado como para embarcarse en otra aventura. Así que se fue a Ohio, aceitó su fiel escopeta con la cual abatiera a centenares de piezas de cacería, le introdujo una bala, y combatió la última batalla de su guerra particular: aquella contra una vida ordinaria y aburrida.
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martes, 11 de junio de 2013
Humedad
La mancha de humedad del techo
amanece cada día más grande
comienza a permear
y gotea sobre mi cama
gotas espesas, del mismo color de la sangre
que brotó copiosa de tu cuerpo
(que yace con la yugular cercenada)
en el piso de arriba.
amanece cada día más grande
comienza a permear
y gotea sobre mi cama
gotas espesas, del mismo color de la sangre
que brotó copiosa de tu cuerpo
(que yace con la yugular cercenada)
en el piso de arriba.
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sábado, 8 de junio de 2013
Una mano a las palmas del Jardín Botánico
Generalmente la monotonía del lunes a viernes es reemplazada por la monotonía del fin de semana: nos quedamos anclados a los mismos asuntos triviales, el juego de fútbol en la televisión, el paseo por algún centro comercial, la película que hemos visto en 20 ocasiones. A veces vale la pena experimentar cosas diferentes, actividades que uno jamás pensaría que iría a hacer porque se alejan demasiado de la propia zona de confort. Es cuestión de arriesgarse a ver qué tal. Este sábado nos tocó una experiencia de ese estilo: atendimos la convocatoria hecha por Cristina Vaamonde, de Una montaña de gente, para hacerle un cariño al Jardín Botánico. La tarea estaba dirigida a sanear el palmeto del jardín, que se encontraba invadido de malezas y parásitos. Nos congregamos cerca de las 8:30 de la mañana en la entrada del lugar, y allí conocimos a nuestros compañeros de labor. Éramos alrededor de una docena de personas de todas las edades; es inevitable mencionar a la señora Rosalía, quien desde sus bien llevados 80 años de edad fue de las más entusiastas colaboradoras en la actividad.
Nos dirigió la biólogo Yaroslavi Espinoza, quien dio una breve explicación sobre la actividad que llevaríamos a cabo y también nos advirtió los potenciales peligros que entrañaba: caracoles africanos, alacranes y culebras incluidos. Eso no amilanó a nadie, y nos dirgimos en cambote al área a intervenir. De manera espontánea la gente se organizó, armada con guantes, tijeras de podar e incluso machetes, y en un par de horas el sitio quedó impecable.
El Jardín Botánico es un hervidero de actividades, los sábados. En los amplios espacios gramados se reúne gente a realizar actividades de todo tipo, meditación, yoga, tai-chi. Resultaba simpático estar podando matas mientras ellos asumían las diferentes posiciones de sus respectivas disciplinas.
Fue una actividad gratificante, de bajo impacto físico - cosa que se agradece, dada las precarias condiciones de un servidor - y favorecida por un clima benévolo, que de cuando en cuando nos rociaba con una lluviecita insustancial. Y de paso fue una labor educativa, pues Yaroslavi nos daba pildoritas de botánica prácticas y amenas.
Cerramos la jornada haciéndole mantenimiento a un vivero de palmas que clama por su recuperación, y quedamos pendientes por otras jornadas similares. Realmente la pasamos de lo mejor, como lo atestiguan las fotos a continuación, tomadas por Marianella Ferrer.
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viernes, 7 de junio de 2013
Viernes

Suena la musiquita triunfal del celular anunciando que son las 4:40 am y ya es hora de levantarse. Como de costumbre, le doy la primera ojeada a las notificaciones de las redes sociales y los correos electrónicos, pero repentinamente el celular se cuelga, y no quiere arrancar, dejándome incomunicado.El maldito bicho no responde ni siquiera al manido truco de sacarle la batería. Lo dejo así, pues no hay tiempo. Me pre-alisto para la primera etapa del día, transporte de una de las herederas al metro, y mientras tomo el primer café del día se va la luz (por suerte hubo tiempo de que se colara). Paciencia, tocará hacer las cosas a oscuras. Regreso a casa y sigue la oscuridad. Procedo al alistamiento completo para ir al trabajo.Baño precario, agua fría. No me afeito, no vaya a cortarme. Desayuno frío, por razones obvias. Ya en el carro, escucho las noticias que me lee la engolada y cavernosa voz de César Miguel: la inflación del mes de mayo fue de 6.1, la de alimentos del 10%, la anualizada roza el 30%. Y son apenas las 6:29 de la mañana.
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domingo, 2 de junio de 2013
Mi vida, a través de los perros (LIII)
Otro recomienzo, entonces. Esta ocasión fue, si se quiere, más radical. Tuve que tomar una decisión muy dolorosa, como lo fue la de vender la casa. En un primer momento pensamos en dividir el terreno en lotes, poner en venta la casa grande y quedarnos a vivir en la pequeña, realizando algunas ampliaciones para poder contar con cierta comodidad. Pero luego pensé que ver todos los días la casa que había construido con tanta dedicación me iba a enfermar el alma, por lo que decidimos de común acuerdo salir de toda la propiedad. Por fortuna la zona en donde se hallaba fue ganando prestigio y ya no era el fin del mundo, y se había poblado de manera progresiva, por lo que era muy solicitada y se cotizaba bien. Si he de ser sincero, lo que más dolor me daba era desprenderme de mi biblioteca, ese espacio mágico en donde había pasado alguna de las mejores horas de mi vida. Las grandes paredes que para el momento estaban llenas de libros lucirían desnudas cuando los nuevos dueños se instalaran. ¿En qué la convertirían? Tal vez en sala de juegos, o en bar, o si se trataba de algún excéntrico quien sabe si en un baño descomunal, con vista privilegiada. De lo sublime a lo escatológico. Esos pensamientos me dejaban como un trapo, ya que los recuerdos se quedarían sin asiento físico para recrearlos. Y todos mis libros: con seguridad no tendría posibilidades de conservarlos todos, me tocaría hacer una selección y salir del resto. Y lo mismo con mis discos. Como mencioné más atrás, había formado una colección respetable. En algún momento se me encendió el bombillo comercial, que llevaba en la sangre: la tienda me la habían saqueado por completo, y reponer la mercancía iba a costar un mundo (aunque estaba asegurada, los trámites se presagiaban largos y tensos pues lo sucedido fue de tal magnitud que los reclamos colapsarían a las empresas de seguros). Por un tiempo la convertiría en un lugar de compra-venta de libros y discos usados, comenzando por los míos.
Conversé con Helga sobre los planes que se me habían ocurrido y estuvo de acuerdo, pues le pareció que era lo más razonable que podíamos hacer dadas las circunstancias. Teníamos un problema importante: no podíamos mudarnos a un apartamento como nos hubiera gustado, pues eso implicaría tener que salir de los perros y eso estaba fuera de toda discusión. El problema era que conseguir vivienda al precio que estábamos dispuestos a pagar en una zona céntrica, cercana a nuestra tienda, iba a ser imposible. Tuvimos entonces que considerar lugares más apartados. Los fines de semana los dedicábamos a pasear con Aurora, Byron, los Beatles y la perra tonta por los suburbios de la capital. La pequeña disfrutaba muchísimo esos paseos, cada uno era una aventura diferente para ella y se divertía, asomada a la ventana, viendo el paisaje cambiante, desde lo urbano hasta lo rural. Vimos infinidades de nuevos desarrollos, pero por lo general no nos gustaban demasiado. Todos tenían algún pero. Si no era el tamaño, era la dificultad del acceso, o la falta de vista. Pienso que tal vez estábamos siendo demasiado exigentes, pero por otro lado veníamos de una disposición tan privilegiada que nos costaba hacer concesiones a ese respecto. En paralelo habíamos puesto en venta la propiedad, y estábamos esperando que las cosas se sincronizaran de tal manera que la venta coincidiera con la compra.
Los días de semana los destinábamos a recomponer el desastre que habían dejado en la tienda. Tuve que hablar con mis dos empleados. Fui todo lo sincero que pude: les dejé la puerta abierta por si querían explorar alguna otra opción, ya que dadas las circunstancias no podía garantizarles estabilidad. Pero los muchachos me habían tomado mucha estima, y decidieron quedarse. Les hablé de la transición forzada que había previsto para el negocio y les pareció muy divertido. Entre todos hicimos una limpieza general, repintamos, reemplazamos los vidrios rotos, y en unos veinte días estuvimos abiertos de nuevo. El clima, sin embargo, ya no era el mismo. Se había abierto una gran herida en la sociedad, y todos andaban recelosos. Ya no nos visitaban los vecinos, tal vez con cargos de conciencia por haber participado en los saqueos. El ambiente estaba muy pesado, en resumidas cuentas. Pero no teníamos otra posibilidad que seguir para adelante. En los reparados estantes colocamos los libros que me traje de la casa, y en la fachada del negocio pusimos un cartel que rezaba: "Compra-venta de libros y discos usados". Como es natural, el tipo de clientela cambió por completo: de intelectuales y gente de los medios pasamos a atender estudiantes, revendedores y gente que no era cliente habitual de librerías pero le llamaba la atención poder conseguir cosas a mejor precio, o salir de volúmenes que tal vez le estorbaban en la casa. Entraba y salía de todo: desde verdaderas joyas, ediciones antiguas bastante bien conservadas, hasta literatura simplona. No nos poníamos exigentes, todo lo que estuviera en un estado razonable de conservación tenía cabida en la tienda.
Por su parte Helga también retomó su actividad, pero de una manera bastante perturbadora. Había vuelto a acondicionar la mezzanina, pero ya no estaba visible al público sino que hizo instalar unas gruesas cortinas negras, que impedían ver lo que estuviera haciendo.Ni siquiera a mí me dejaba entrar en su taller. Un día, después de un par de meses, me llamó:
-Tomás, ¿quieres subir un momento?
-Enseguida- grité, pues ya su actitud me estaba comenzando a preocupar.
Cuando subí las escaleras y corrí la cortina, no pude evitar exclamar:
-Dios, ¿que es eso?
No era para menos: delante de mí se alineaban una media docena de cuadros que no tenían nada que ver con el estilo habitual de mi esposa. Eran pinturas oscuras, sombrías, salpicadas de rojo en algunos sectores. Aunque eran de un estilo abstracto, la sensación que daban era de opresión y violencia.
-Lo tenía en mi sistema, y si no lo sacaba se me iba a podrir adentro - fue su comentario. Y era lógico: a una persona de la sensibilidad de Helga los acontecimientos recientes tenían que dejarle huella. La abracé y solo atiné a decirle:
-Todo va a estar bien, te lo prometo.
-Tengo mucho miedo, Tomás. Quisiera irme del país un tiempo.
Esa revelación repentina me dejó mudo por un momento. No tenía la menor idea de que a Helga se le hubiera pasado por la mente la posibilidad de regresar a su segunda patria. No supe qué contestar, pero ella salió en mi auxilio:
-No hace falta que digas nada. Vamos a pensarlo bien, y entre los dos buscaremos una solución. No te preocupes demasiado por ahora, tal vez fue un simple impulso del momento y más adelante se me pasa.
Pero como es comprensible no fue posible desprenderme de la preocupación. Nunca en mi vida había considerado esa posibilidad, si no fuera como para un viaje de placer o de negocios. Pero dejar la tierra en donde había vivido toda mi existencia me daba miedo. No hay otra manera de decirlo, era simple miedo, terror a lo desconocido. Y no estaba muy dispuesto a considerar siquiera esa posibilidad. Tal vez vinieran momentos tormentosos en mi relación de pareja, en el futuro inmediato.
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sábado, 25 de mayo de 2013
Mi vida, a través de los perros (LII)
La pequeña Aurora ya andaba por sus cuatro años. Consideramos que ya era hora de que saliera de la casa, y comenzó a frecuentar la escuelita que quedaba a escasos metros de la tienda. Tras los berrinches habituales - el clásico 'primer día', tan temido más por los padres que por los hijos - se estaba acoplando bien a la situación. Cada día iba a clases con mayor entusiasmo, y comenzaba a socializar con sus compañeros.En las tardes se instalaba a realizar las pequeñas tareas que le encomendaban en la mezzanina de la tienda junto con su madre, quien a su vez trabajaba en alguna de sus obras ya que había tomado una pequeña área para improvisar un taller, para aprovechar el tiempo y estar cerca de la niña.
Ese período coincidió con la convocatoria a elecciones presidenciales, por lo que el ambiente estuvo saturado de política. Tanto en los medios de comunicación como en la calle la tónica era la misma: todo estaba tomado por la campaña electoral. Había muchísima expectativa, ya que las condiciones económicas se estaban deteriorando de manera acelerada. Por fin, en diciembre se celebraron las elecciones. Como de costumbre no ganó el candidato de mis preferencias, pero el vencedor lo hizo de manera abultada, y la algarabía tomó las calles. La gente, recordando la bonanza económica que tuvo el país en el primer período presidencial del señor que ganó - estaba repitiendo en el poder por segunda vez - se sumó a un movimiento de esperanza y euforia. Yo estaba escéptico, pues consideraba que el populismo, que le había dado tanto capital político en el pasado al recién elegido, por un lado era una especie de cáncer social, y por otra parte era insostenible en ese momento histórico del país. Pero la mía era una voz en el desierto, solamente era compartida por la pequeña élite de los parroquianos de la tienda. Pasamos muchas noches reunidos, después de la hora de cierre, analizando el escenario político y haciendo conjeturas sobre lo que vendría a continuación. Pero nadie tuvo la lucidez de prever lo que sucedería.
Como habíamos previsto, el nuevo gobierno, lejos de repartir dinero a manos llenas, llegó imponiendo una serie de medidas económicas sumamente restrictivas y castigadoras. El paquetazo, como se le conoció, traía consigo nuevos impuestos y aumentos en los precios de los insumos básicos. En cuestión de un par de meses la gran popularidad con la que había nacido el nuevo período de gobierno se erosionó a niveles insospechados, y la gente comenzó a manifestar su enojo. Por fin, una madrugada cualquiera, la situación colapsó: se juntaron dos factores, el aumento del precio de la gasolina y por consiguiente la elevación automática del costo del pasaje en el transporte público. La mecha del polvorín se encendió en una ciudad dormitorio en las cercanías de la capital, que amaneció sublevada. El centro se incendió, comenzaron los saqueos; la situación se proyectó hacia nuestra gran ciudad, y en cuestión de horas el desorden generalizado tomó las calles de la capital. No había autoridad capaz de poner coto a la situación, tales eran los ánimos de la gente. Personas que en situación normal eran incapaces de cometer la mínima falta se vieron protagonizando saqueos contra los comercios de su propia comunidad. Parecía que un espíritu revanchista se había apoderado de la multitud, que quería compensar tanta frustración con lo primero que tuviera a la mano. En un principio las víctimas fueron los comercios que vendían alimentos, pero pronto los apetitos de la muchedumbre se dirigieron hacia otro tipo de expendios, y fueron saqueadas mueblerías, zapaterías, tiendas de electrodomésticos y un amplio etcétera. La televisión mostraba escenas de franco patetismo, como personas cargando media res, o un enorme compresor recién extraído de una ferretería.
El gobierno lucía errático y no parecía saber cómo controlar la situación. Al segundo o tercer día tomó una decisión que más adelante lo condenaría ante los ojos del mundo: echó a la calle al ejército, el cual no tuvo tacto alguno y se limitó a imponer el orden a sangre y fuego. Todavía se desconoce a ciencia cierta el número de víctimas fatales, pero según algunos cálculos sobrepasó de largo el millar.
Nosotros nos guarecimos en nuestra casa: dado lo alejado del centro poblado, no fuimos víctimas directas de esas acciones, y por fortuna teníamos víveres suficientes para subsistir esos días. La niña no sabía lo que estaba pasando; recién había salido de las vacaciones de diciembre y en un principio asumió que era otro período de asueto, pero nuestra cara de preocupación pronto la hizo darse cuenta de que algo anormal sucedía.
-¿Papi, qué pasa? - preguntaba, cuando nos veía pegados al televisor mirando los acontecimientos que llegaron a transmitir antes de que la censura oficial tomara cartas en el asunto. No atinábamos a decirle nada coherente, tratábamos de cambiarle el tema de conversación y jugábamos un rato con ella, Byron y los demás perros en el jardín. Pero ella sabía que algo estaba pasando, y su carita de preocupación la delataba.
Poco a poco las cosas fueron calmándose, y tras unos cuantos días se pudo volver a una cierta normalidad. Tocaba hacer la cuantificación de los daños. Como había temido, mi tienda no corrió con la mejor suerte. No me quiero detener mucho recordando este episodio; me limitaré a decir que fue arrasada. Perdimos todo: lo que no se llevaron lo destruyeron. Lo único que les faltó fue incendiarla.Tal vez lo que más dolió fue saber que quienes se comportaron de esa manera tan bárbara fueron los mismos vecinos del lugar, los clientes a los cuales habíamos atendido de la mejor manera posible, como era nuestra norma y costumbre, en alguna oportunidad. Esas cosas hacen que se pierda la fe en la gente, pero no nos quedó más que echarle tierra al asunto y tratar de recuperar lo recuperable. No había nadie a quien ir a reclamarle, no pudimos hacer otra cosa que asumir los daños como si de un evento de la naturaleza se hubiera tratado.
Mucho se ha escrito sobre ese período, y hay innumerables teorías sobre lo ocurrido, que dependen de la filiación política de cada quien. Lo cierto es que después de ese episodio nada volvió a ser lo mismo, por lo menos para nosotros. Otra vez nos tocaba comenzar desde cero, y en esta oportunidad no contábamos con el respaldo económico suficiente. Dependeríamos únicamente de nuestro talento y habilidad negociadora para salir de ese hueco en el que nos había sumido la situación del país.
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sábado, 18 de mayo de 2013
Mi vida, a través de los perros (LI)
Por desventura ese parto imprevisto, carente de las condiciones de asepsia indispensables, trajo sus consecuencias: no pasó nada con la niña, que nació sana y con buen peso y talla, pero sí con Helga. A las pocas horas de haber dado a luz le comenzó una fiebre que no tardó en volverse alta. Tuvimos que ir de urgencia a la clínica, y allí le diagnosticaron una infección; alguna bacteria había entrado en su organismo durante el alumbramiento, y se había reproducido por millones. Fue algo muy serio: en un momento llegué a pensar que se me iba, y por la cara de preocupación del médico supongo que a él también le pasó ese pensamiento por la mente. Fueron tres días muy angustiosos, que han debido ser de dicha por la llegada de nuestra hija, pero terminaron siendo todo lo contrario. La pobre niña no podía alimentarse del pecho de su madre, ni estar en contacto físico con ella, y yo me angustiaba por partida doble: saber que ese pequeño ser estaba en el retén de la clínica, sin el cuidado de sus padres, me estaba llevando a la desesperación, que se acrecentaba por la salud de Helga. Sin embargo, por fortuna al tercer día la fiebre comenzó a ceder, y con ella la infección. Pronto pudo la bebé estar en nuestros brazos, pero a su madre le fue imposible amamantarla por las grandes dosis de antibióticos que le habían administrado. Ese vínculo íntimo y atávico les fue vedado, y hoy día pienso que tal situación tuvo sus consecuencias.
No habíamos decidido el nombre de nuestra hija; el asunto lo habíamos ido postergando, ya que nos había sido imposible llegar a un consenso, y acordamos dejarlo para el momento en que ya hubiera nacido. Con todo el tráfago que trajo consigo el nacimiento de la niña no pudimos nombrarla, y por el momento era conocida como "la bebé del 4-C", que era la habitación en donde estaba internada Helga. Cuando las cosas empezaron a tomar un mejor aspecto, y ella estuvo más serena, con la niña en brazos dijo:
- A esta niña le falta algo muy importante. A ver, ¿A qué nombre te pareces? No eres una Julia, ni una Johana. Por la J no es la cosa. Ni por la M, nada que tenga que ver con María, Mariana o cualquiera de sus derivados.
Yo intervine:
-¿Y que tal si hacemos comos los indios? Ella nació de madrugada, cuando comenzaba a despuntar el sol. ¿Qué te parece Alba?
-Horrible, Tomás. Pero me gusta la idea. Sinónimos de Alba.... ¡Aurora!
-Aurora... me gusta, ¿Nos transamos?
-¿Tú que dices? - Le preguntó a la pequeña, quien al escuchar la voz de su madre emitió un pequeño quejido. - Parece que no le disgusta, es Aurora.
Y así, de esa manera tan práctica, escogimos el nombre que iba a llevar de por vida nuestra hija.
La pequeña Aurora pronto demostró su carácter. Y el poderío de sus pulmones: cuando solicitaba atención era imposible no percatarse, pues sus chillidos podían ser escuchados a centenares de metros. O por lo menos eso parecía, en el silencio de la noche, cuando emergían poderosos de su garganta. Entonces yo me paraba de la cama, la iba a buscar a la cuna y se la llevaba a Helga, quien le daba el tetero. Aunque ya le habían dado permiso para amamantar a la bebé, ella dejó de lactar. Su seno se había secado, y tuvo que conformarse con darle el biberón que yo preparaba siguiendo las normas que nos había indicado el pediatra. Cuando pienso en ese período lo recuerdo como si hubiera sido un sueño largo e inconexo: algunas cosas no sé si pasaron en realidad o fueron ensoñaciones. La falta prolongada de sueño puede dar lugar a esos episodios de confusión. Pero como todo, ese período también quedó atrás. Aurora comenzó a dormir cada vez más en las noches y pronto logró hacerlo por ocho horas ininterrumpidas.
Poco a poco pudimos retomar un estilo de vida más normal, y volver a nuestras actividades, claro, con Aurora siempre a cuestas. Cuando Helga me acompañaba a la tienda todos tenían que ver con la niña: había heredado el color de ojos de su madre, de un marrón oscuro casi llegando al negro, y tenía el pelo claro, sumamente escaso y fino, cortesía de la rama paterna. Era una bebé hermosa, y lo digo no por mero orgullo paterno, sino juzgando por las expresiones de genuino asombro de las personas, cuando la veían por primera vez. Yo, que nunca había sido aficionado a la fotografía, me compré una cámara Canon con un par de lentes y le tomé todos los retratos que pude. Tengo decenas de álbumes con esas fotografías, algunas en blanco y negro cuando comencé a experimentar con esa técnica, la mayoría a color que con el paso del tiempo se han ido destiñendo.
Quien padeció más ese período fue el bueno de Byron, por lo menos al principio. Tal vez se sintió desplazado por la llegada de la niña, y vio como el cariño que antes le correspondía a él por entero se direccionaba hacia aquella pequeña intrusa que había irrumpido con estridencia en su vida. Pero todo cambió cuando la niña tocó suelo: se volvieron una pareja inseparable. Me habían dicho que los bulldogs tenían sangre para los niños pequeños, y lo pude constatar. Byron se comportaba como una niñera con Aurora, con una delicadeza asombrosa. Retozaban juntos, y permitía que le agarrara las orejas, se le montara encima y le hiciera todo tipo de torpes cariños, sin jamás quejarse ni reaccionar de manera brusca. Lograron una gran camaradería que perduró en tiempo.
Cuando Aurora llegó a los siete u ocho meses comenzaron a manifestársele episodios de gripe, que se volvieron recurrentes. El pediatra nos recomendó que la lleváramos a la playa, y que la bañáramos en el mar. Yo todavía conservaba la acción del club del litoral, y comenzamos a bajar casi todos los fines de semana. La niña al principio demostró aversión por la arena, parecía que le daba asco. Pero poco a poco se le fue quitando, y comenzó a disfrutar esos paseos playeros. Emitía grititos de alegría al ver el mar, y había que sujetarla para que no gateara hacia él. Gozaba cuando la sumergíamos en el agua, sin importarle mucho su temperatura.
Así fue transcurriendo nuestra vida, durante los primeros años de Aurora. Eramos un hogar pequeño burgués, como nos hubiera podido definir algún sociólogo de café. De lunes a sábado en la tienda, y el domingo consagrado al paseo marítimo. La rutina nos había atrapado en sus invisibles pero fuertes redes, y la estábamos disfrutando. Fue un período plácido y ligeramente aburrido, pero en apariencia seguro. Tal vez esa actitud no nos permitió darnos cuenta de los pequeños eventos que poco a poco iban a desembocar en una de las situaciones más difíciles que nos tocaría vivir.
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domingo, 12 de mayo de 2013
Mi vida, a través de los perros (L)
Poco a poco los propósitos que nos habíamos trazado Helga y yo al diseñar nuestro nuevo proyecto de vida fueron materializándose, y el local comenzó a ser centro importante de reunión y referencia para toda la fauna que giraba alrededor de la cultura, y cierta farándula que buscaba reconocimiento del otro lado, esos escritores de telenovelas quienes tenían la conciencia sucia por haberse dejado comprar por la industria televisiva y ahora quería lograr una suerte de redención. El clima en la tienda era bastante relajado y bohemio; cada tanto organizábamos conferencias, bautizos de libros y ese tipo de cosas que hacen que la gente se aproxime al hecho cultural, amén de las exposiciones de pintura que tratábamos de renovar cada mes. El balance de los primeros meses fue positivo: aunque todavía no habíamos alcanzado el punto de equilibrio, la facturación no era para nada despreciable, y las proyecciones indicaban que a la vuelta de un año ya estaríamos ganando dinero.
Mis empleados pronto lograron convertirse en un equipo eficiente: dado que no competían entre ellos, más bien se complementaban. Muchas veces los clientes se llevaban un combo libro-disco, diseñado por las mentes bien estructuradas de Héctor y Juan Carlos; habían logrado una simbiosis sorprendente, y gracias a las largas charlas que sostenían en los tiempos muertos, iban aprendiendo sobre ese hilo que une a la música con la literatura. Como si de un maridaje comida-vino se tratara, aconsejaban a los parroquianos cuál disco le venía bien a determinado libro y viceversa; casi siempre la atinaban, pues los clientes regresaban a la vuelta de quince o veinte días a buscar otra combinación. Otra cualidad que tenían era la extrema honestidad; gracias a ello, no tuve que eximirme de acompañar a Helga en sus visitas de control al obstetra.
Todo padre lo sabe, y ya es una especie de cliché; la primera audición de los latidos del bebé es un momento de quiebre, el que nos da conciencia de que hay un ser dentro de ese vientre y es nuestro hijo. No fue diferente para nosotros, y sentimos la emoción indescriptible que siente toda pareja bien compenetrada al experimentar el momento de confirmación palpable de la maternidad. Antes de eso es algo intangible; los primeros meses de embarazo, salvo las molestias que sienten algunas madres, no hay modificaciones sustanciales que den pistas sobre lo que está ocurriendo dentro de ellas; pero cuando por fin escuchamos la vida que se está gestando allí ya no nos queda duda alguna. Esas visitas periódicas al doctor eran una rutina que asumíamos con cierta preocupación, normal en padres primerizos, pero también con profunda alegría ya que era cuando constatábamos que todo marchaba bien. En esos tiempos no estaban todavía popularizados los ecosonogramas, y los aparatos existentes eran escasos, caros y de una resolución de imágenes bastante desilusionante; sin embargo quisimos ver como era nuestro hijo, y concertamos una cita en un centro especializado, recomendado por nuestro doctor. Todavía tengo la foto guardada; siempre me pareció algo totalmente abstracto, nunca entendí nada de lo que estaba allí. Han podido decirme que se trataba de alguna constelación y me lo hubiera creído. Sin embargo Helga sí veía claro todo: la nariz, los bracitos, las piernas. Yo asentía para no quedar como un ignorante, pero la verdad es que no veía nada de lo que me indicaban.
Byron contemplaba el proceso de gestación de nuestro hijo con cierta distancia y respeto: parecía intuir que algo esta desarrollándose, y trataba con una delicadeza extrema a Helga; ya no la correteaba como solía hacerlo, sino que la acompañaba y se echaba a sus pies cuando reposaba en la mecedora del patio, a contemplar el paisaje siempre cambiante de la montaña enorme que teníamos delante. Los últimos meses ya comenzaban a pesarle a mi esposa; su vientre estaba abultado y le dolía mucho la cintura, por lo que esos momentos de descanso eran cada vez más necesarios. Cada vez que tenía oportunidad la acompañaba, y pasábamos horas allí, tomando un té, leyendo un libro, o charlando del día a día y de la gran emoción que sentíamos por lo que ya era inminente.
Por supuesto hicimos el curso de parto psicoprofiláctico, que estaba muy en boga por esos días; allí compartimos nuestras experiencias de primerizos con varias parejas que estaban en nuestra misma situación, gente de la más variada composición social. La facilitadora del curso era una señora muy simpática, y en realidad disfrutamos mucho de esas sesiones; ya éramos expertos (en teoría) y sabíamos cómo lidiar con contracciones, dolores y todo o que está alrededor del parto. Una cosa muy simpática que nos recomendó la señora fue el inculcarle la música desde el vientre; para ello hicimos un artilugio con dos embudos y un pedazo de manguera. Uno de los embudos se colocaba contra el vientre de la madre, y el otro se acercaba al altavoz del equipo de sonido. Y ciertamente había reacción del bebé cuando utilizábamos el aparato: servía tanto de pacificador como de alborotador, dependiendo del estilo musical que escogiéramos.
Cuando estábamos cerca de las cuarenta semanas, tomé la decisión de no dejar sola a Helga ni por un instante; tal vez pudiera parecer exagerado, pero me angustiaba saber que en cualquier momento pudiera romper fuentes estando yo a kilómetros de distancia. Así que conversé con mis muchachos, les dejé saber la gran confianza que había depositado en ellos y más tranquilo me instalé en la casa, nada más a esperar el momento en el cual conduciría a Helga al hospital.
La vanidad humana es ridícula: tantas precauciones destinadas a tener control sobre la situación resultaron ser inútiles e innecesarias. El parto de Helga fue extraordinario por lo rápido e inesperado. Estaba en la cocina, preparando algo de comer, cuando sentí que me llamaba. Fui al cuarto, y vi que la cama estaba toda empapada: había roto fuentes. Cuando le dije que se vistiera para ir a la clínica, me dijo sonriendo que no hacía falta: estaba en plena labor de parto. Me puse como loco, no sabía qué hacer, pero ella fue más serena: me dijo que llamara al médico y que pusiera a hervir unas sábanas, para envolver al niño cuando naciera. Hice lo que me indicó; afortunadamente el médico pudo acercarse en corto tiempo, acompañado de su enfermera de confianza, y en esas precarias condiciones atendió el parto de mi primogénita: Helga había dado a luz a una preciosa hembrita.
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